La idea de descargar una mente humana en un ordenador parece sacada directamente de una novela de ciencia ficción. Es, de hecho, el eje central de todo un clásico de la literatura del género: Ciudad Permutación, de Greg Egan. Nuestros recuerdos, nuestra personalidad, nuestros conocimientos e incluso nuestra manera de pensar convertidos en información y almacenados en una máquina. ¿Es posible?


La propuesta resulta fascinante, principalmente porque de inmediato plantea una pregunta inquietante: si pudiéramos copiar toda la información de un cerebro, ¿estaríamos copiando también a la persona? Y aquí, ya estaríamos entrando en el terreno de la metafísica.


Un terreno en el que la ciencia termina y comienza una de las especulaciones más interesantes sobre nuestro futuro.

El cerebro no es un disco duro

Hablar de «descargar la mente» puede dar la impresión de que nuestro cerebro funciona como un ordenador que simplemente almacena información. Pero sabemos que, como ocurre casi siempre, las cosas no son tan sencillas.


El cerebro humano contiene miles de millones de neuronas conectadas entre sí mediante una red extraordinariamente compleja. Además, esas conexiones no son estáticas. Cambian con el aprendizaje, las experiencias, el sueño, el entorno y el propio funcionamiento del organismo. El cerebro es un órgano en continua evolución y transformación.


Nuestros recuerdos tampoco permanecen guardados en un único lugar esperando a ser recuperados como un simple archivo. Son el resultado de procesos distribuidos por diferentes redes cerebrales.


Por eso, para copiar una mente no bastaría con hacer una especie de escáner cerebral de enorme precisión. Habría que conocer qué información hace falta para reproducir exactamente el funcionamiento de ese cerebro y cómo cambia con el tiempo.

¿Podríamos copiar un cerebro?

En los últimos tiempos, la investigación científica está avanzando mucho en la comprensión y representación de circuitos neuronales. Existen además técnicas capaces de registrar determinadas actividades cerebrales y dispositivos que permiten establecer una comunicación entre el cerebro y un ordenador. Pero lo cierto es que aún estamos muy lejos de poder registrar y reproducir toda la complejidad de una mente humana. Casi, casi, tan lejos como el primer día.


Incluso si llegara el día en el que pudiéramos describir con enorme precisión cada neurona y cada conexión, seguiría existiendo una duda fundamental: ¿qué habría que copiar exactamente? ¿Las conexiones entre neuronas? ¿La actividad eléctrica? ¿Los cambios químicos? ¿Los recuerdos? ¿Todo ello al mismo tiempo? No lo sabemos.

Una copia también tendría tus recuerdos

Aquí es cuando aparece uno de los problemas más llamativos.


Imaginemos que dentro de varias décadas una tecnología consigue crear una réplica digital extraordinariamente precisa de nuestro cerebro. Esa copia recuerda nuestra infancia, conoce a las mismas personas y conserva nuestras experiencias. Desde fuera, podría decirse que seguimos siendo nosotros.


Pero esa copia tendría su propia experiencia desde el preciso instante en el que fue creada. A partir de ese momento, podría pensar, decidir y experimentar el mundo a su manera. Cuando hacemos una copia de un archivo informático, obtenemos dos archivos idénticos. Pero una persona no es simplemente un conjunto de datos que podamos duplicar sin más consecuencias.


Y aquí de nuevo entramos en el terreno de la especulación metafísica: ¿qué es entonces la conciencia? ¿Dónde se encuentra? ¿Cómo se "copia"? Son preguntas que producen vértigo y que el ser humano lleva planteándose desde hace milenios y para las que, si lo pensamos, apenas hemos encontrado respuestas.

El problema de la conciencia

La mayor dificultad probablemente no sea tecnológica, sino conceptual. Aún no estamos cerca de comprender cómo surge la experiencia consciente. Sí sabemos bastante acerca del funcionamiento del cerebro, pero seguimos sin tener una explicación clara de por qué determinados procesos físicos producen una experiencia subjetiva. Este continúa siendo uno de los grandes enigmas del conocimiento científico.


Vemos, recordamos, sentimos y pensamos porque nuestro cerebro está funcionando de una determinada manera. Pero desconocemos si al reproducir esos mismos procesos en otro soporte surgiría la misma conciencia.


Hasta donde sabemos, tal vez fuera posible crear una máquina que afirmara recordar nuestra vida, reconociera a nuestra familia y describiera nuestras experiencias con absoluta precisión. Mucho más difícil en cambio sería saber si esa máquina seguiría siendo nosotros o simplemente alguien que cree serlo.


La tecnología podría por tanto resolver el problema de copiar la información y dejarnos con la pregunta más importante sin responder.

¿Y si la inmortalidad no fuera exactamente lo que imaginamos?

La posibilidad de descargar una mente suele relacionarse con la idea de vencer a la muerte. Si nuestra conciencia pudiera existir dentro de una máquina, quizá nuestro cuerpo dejaría de ser imprescindible.


Pero incluso si esa tecnología llegara a existir, no estaría demostrado que eso nos hiciera inmortales.


Podría quizás crear una versión digital de nosotros que continuara nuestra historia, conservara nuestros recuerdos y mantuviera nuestra personalidad. Pero eso no demostraría que nuestra experiencia consciente hubiera pasado de nuestro cerebro a la máquina. Tal vez el resultado sería una nueva forma de existencia. O tal vez sería algo completamente diferente que todavía no tenemos palabras para definir. Tal vez el hecho de sentirnos más cerca de poder responder a todas estas grandes cuestiones no sea más que un espejismo y nos encontremos tan lejos como el primer día. O peor: más lejos que el primer día. Desviados.

Entre la ciencia y la ciencia ficción

Los hechos: a día de hoy no podemos descargar una mente humana ni sabemos si algún día será posible hacerlo.


La investigación sobre el cerebro, la inteligencia artificial y las interfaces cerebro-ordenador está avanzando, pero todavía existe una enorme distancia entre registrar información cerebral y reproducir una persona completa.


Precisamente por eso la idea resulta tan atractiva para la ciencia ficción, porque permite plantear preguntas que la tecnología todavía no puede responder.


Si algún día conseguimos crear una copia digital perfecta de una persona, la gran pregunta no será tanto si hemos conseguido reproducir exactamente su mente, sino si esa copia sigue siendo realmente esa persona. Y es que quizá podamos copiar todos sus recuerdos, sus pensamientos y su personalidad sin haber conseguido trasladar aquello que hace que una persona sea ella misma.