Evolución: cambiar para descubrir lo esencial
Fotografía de la isla Nalaguraidhoo en el extremo sur del atolón Ari en las Maldivas, capturada desde un dron
«…somos lo que hacemos para cambiar lo que somos…»
Eduardo Galeano, El libro de los abrazos
Leí esta frase por primera vez en una exposición sobre la evolución en el Museo de Ciencias Naturales de La Plata, en Argentina, cuando tenía 35 años.
Aunque la cita era más larga y Galeano, en su relato, buscaba transmitir la profundidad de una idea más compleja, la contundencia de esa línea quedó resonando por un tiempo en mi cabeza; y casi sin darme cuenta, una pregunta incómoda empezó a ganar espacio en mi pensamiento:
¿Por qué tendría que cambiar lo que soy?
Y aunque en principio no encontré una respuesta directa, la idea comenzó a perseguirme de forma casi irreparable.
Cual pensamiento obsesivo, me encontraba una y otra vez tratando de entender qué era eso que podía estar mal y cómo podía cambiarlo, pero continuamente llegaba a la misma conclusión: ¡No quiero cambiar lo que soy!
La presunción errónea del éxito
Aunque venía de atravesar algunas situaciones difíciles, en ese momento de mi vida me sentía conforme con lo que había construido a mi alrededor.
Había alcanzado muchas metas y creía tener todo lo que alguna vez me había proyectado.
Había orden.
Había una historia que yo podía contarme y creer.
Me sentía exitoso… no por lo que otros pensaran de mí, sino por lo que yo interpretaba que era mi vida en ese instante.
Estaba completamente convencido de que había llegado a la mejor versión de mí mismo.
La presunción errónea que surge del pensamiento sesgado de creer que solo podemos mejorar lo que no está del todo bien. Como si cambiar fuera sinónimo de reparar una falla, de corregir un defecto.
Y aunque había encontrado un argumento válido para acallar los pensamientos, no podía olvidar aquella frase que buscaba sin duda cuestionar los cimientos más básicos de mi existencia, y así, sin poder evitarlo, terminé preguntándome a mí mismo esas cuestiones que me harían despertar al fin…
Tres preguntas que me ayudaron a despertar
- ¿Y si existieran experiencias que amaría completamente, pero que no las había probado porque creía que no eran para mí, por miedo a fallar o simplemente porque no sabía que existían?
- ¿Y si esas experiencias me ayudaran a ver la vida desde una perspectiva diferente y me permitieran evolucionar a una versión distinta de mí mismo, no mejor o peor, solo una versión diferente?
- ¿Y si no se trata de alcanzar una cima con todas las metas preestablecidas, sino que simplemente hay que seguir el camino… experimentando, intentando, sin dejar de buscar cosas nuevas que nos puedan hacer felices?
El descubrimiento de lo esencial
Entonces todo cambió para mí.
Encontré una libertad real: esa que solo se encuentra cuando saltas de un avión a 4.000 metros de altura confiando únicamente en el paracaídas que tienes en la espalda.
Ya no necesitaba demostrarle nada a nadie, ya no tenía que alcanzar una meta preestablecida o hacer lo que se esperaba de mí; simplemente entendí que debía vivir cada día profundamente, con conciencia, buscando esas cosas que estaba seguro eran para mí, aunque no las hubiese descubierto aún.
Unos meses más tarde, comencé a escribir, y ese mismo año descubrí el deporte que más amo en la vida hasta el momento: la escalada. Un año después comencé a bucear y, en ese momento, entendí que me encantan los deportes extremos y esa descarga de adrenalina que genera la emoción de probar mis límites… de forma controlada.
En ese instante, comprendí que el cambio es necesario, no para arreglar algo que estuviese mal o que no me gustase, sino para descubrir lo esencial, esas experiencias que necesito para que mi energía pueda encontrar ese balance que me permita seguir fluyendo a través del espacio y el tiempo: sin resistencia ni estancamiento.
Un despertar evolutivo
Desde ese momento vivo con intención.
Busco oportunidades nuevas, no para acumular logros, sino para recordarme algo que se me olvida fácil: que muchos límites viven primero en la mente.
No porque “todo sea posible” de manera mágica, sino porque la verdadera batalla suele ser más íntima: convencernos a nosotros mismos, cada día, de dar el paso que estamos evitando.
Y cada cosa nueva que descubro me devuelve a aquella frase que inició todo esto.
Ahora sé que soy, en gran medida, lo que hago día a día para evolucionar.
De esta reflexión nació la Saga Evolución
Con el tiempo entendí que esta idea no solo me cambió la vida: también se convirtió en el corazón de lo que escribo.
En Evolución – Habilidades Singulares, esta misma frase vuelve a aparecer como una especie de brújula moral en el capítulo Redención.
Y en Evolución – En la oscuridad, encontrarás que la evolución se plantea como transformación constante.
Si quieres explorar esta reflexión en forma de historia (y no solo como idea), descubre los libros de la saga Evolución
Y tú…
¿Qué harías para cambiar lo que eres?
